lunes, 26 de marzo de 2012

La deuda

Tenía lindos ojos. Verdes, como el musgo que adornaba las celdas meses atrás. Los guardias nos hacían limpiar los ladrillos cada semana; a veces con limas, a veces con nuestras uñas, pero siempre volvía. Ella sonrió cuando entré, aunque no sé si por ser amable o por el triste estado de mi rostro. Traté de sonreírle devuelta. Lentamente estudió mi cuello y luego mi frente.

- Cáncer de cenizas. Lo peor de la fiebre ya ha pasado, afortunadamente.

Dio media vuelta y empezó a buscar algo en el desorden de su escritorio. El ruido de frascos vacíos me daba escalofríos, pero de los buenos. Antes de la cárcel, solíamos vivir para ese ruido. Bes y yo, decididos ambos en conseguir la licencia a como de lugar. Nada más importaba. Ygfa seguía plantando sus manos dentro de viejos bolsos y cajas sueltas. Se reía, casi avergonzada.

- Debe estar por aquí. Siempre las guardo por aquí…

… Pero mis ojos no la veían a ella, sino a Bes, estudiando los matraces que habíamos robado la noche anterior. Empezamos a ordenarlos.

- 100… 200… y 300. Este debe ser de 300 mililitros. – decía él.

Asentí y puse los frascos que habían sobrevivido nuestro escape junto al resto. Ya casi parecía un laboratorio de verdad. La sonrisa de Bes sugería lo mismo. Se levantó, conforme con el botín, y fue a buscar los ingredientes.

- ¿Supongo que ensayaremos con lo mismo de siempre…? – le dije, ni siquiera intentando de esconder el sarcasmo.

Sin responder lanzó un saco oscuro a mi pies, limpiándose inmediatamente las manos. Le di la bienvenida a la hediondez frunciendo solamente mis labios, mientras mis ojos seguían fijos en la belleza de los vidrios vírgenes. Los óvulos brillaban, añejos pero tan blancos como los bancos de sal a la costa de Haven.

- Mientras no se te ocurra una idea mejor…

Dio un paso adelante y encendió un cigarro. Exhaló, cerrando brevemente los ojos, fijando su mirada con la mía. Su sonrisa llevaba el orgullo de cien hombres.

- Mientras no se te ocurra una idea mejor, tendrás que conformarte con los huevos de Kwama que mi tío no puede vender.

- No es tu tío, Bes. – le respondí fríamente.

- Patrón, tío, da igual. Nadie echa de menos un par de huevos añejos. Te lo juro Grae, podría llevarme lo que quisiera de esa bola de sebo. Los guardias confían en mí y me dejan entrar donde sea, solamente tengo que…

- No harás nada. Ya nos arriesgamos demasiado con estos frascos. Esperemos que la cosa se calme, con estos huevos puedo probar…

- …nada nuevo. Tú mismo lo has dicho: si quieres convertirte en alquimista, necesitas más que huevos y sal.

Tenía razón. Bes siempre tenía razón. Él sabía que no le discutiría eso y, victorioso, rencontró sus labios con el cigarro. Un par de huevos seguían rodando lentamente por el piso, tratando de acabar con el silencio que envolvía la choza.

- Cuídate, Bes. –le dije, resignado.

- Siempre – me respondió, estirando un brazo hacia mí…



- ...¿Por qué lloras?

La choza había desaparecido y yo estaba frente a la curandera Nord. Acerqué mis dedos a mi cara, buscando una lágrima, pero no la encontré. Mi rostro había sanado.

- ¿… Cómo…? - traté de preguntarle, pero mi voz me fallaba.

Ella solamente sonreía. Tenía lindos ojos.

- ¿Él te importaba mucho, no?

Y la lágrima apareció.

- Él era mi hermano.