Afuera el cielo había cedido a
las nubes y empezó a llover descaradamente. “No es el mejor día para retomar el
viaje”, mentía, mientras me revolcaba en la cama para abrazarla. Cuando el
guardia abrió la puerta, un reflejo me hizo tumbar la cabeza en la almohada,
pretendiendo estar muerto. Pero los guardias de la cárcel no eran imbéciles y
este pobre infeliz, aunque joven, tampoco.
Así a lo menos lo sugirieron las avergonzadas disculpas que repitió al cerrar
la puerta poco después.
Su risa me gustaba más y más cada vez que entraba.
Todo había empezado mientras me limpiaba el rostro la noche anterior. No le
había contado nada, pero ella aparentaba saber todo sobre mí… y sobre Bes. Una
adivinadora, me contarían después. En el momento no me importaba.
-Debo revisar tu espalda…- decía, detenidamente – para asegurar que tu cuerpo haya sanado-
Mientras ella estudiaba mis
hombros, yo secaba mis mejillas, mirando fijamente los bálsamos que habían
salvado mi rostro. Me gustaba sentir su
sonrisa y ella lo sabía. Quizás por eso nunca hablamos.