-¿Nombre?
El centurión lucía un rostro serio. Si estaba cansado, su postura no lo delataba.
-¿Nombre?- repetía con un tono inesperado para alguien de su estatura. Me volví a limpiar la cara antes de responder.
-Grae Bennet. Vengo de…-
- No me interesa. ¿Qué buscas en Pelagiad a esta hora?
Algo que me quite estos malditos calambres de la cara, imbécil.
-Un curandero. Un Perro Nix me mordió el cuello y…
El guardia me calló con una mano, cubriéndose la boca con la otra.
-Sigue el sendero, pasando por la posada y la herrería. Una vez dentro del fuerte, vas por la izquierda. Busca a Ygfa. Lárgate.
Finjí una sonrisa y obedecí. Pero sin dar un par de pasos me llamó nuevamente, sin cambiar el tono de voz.
-¿Qué hacías allá en las colinas?
Me sorprendió la pregunta.
-Creía que el depósito estaba abandonado. Me recosté por un par de horas para superar lo peor de la fiebre. Me atacaron…
El centurión se acercó.
-No estoy armado.
Dando un paso más, me estudió de cabeza a pies, entornando los ojos. Mi mano ansiaba a Misericordia, pero contuve el reflejo. Entregándole la lanza a su compañero, abrió mi mochila sin pestañar. Las callampas que había recogido fuera de Seyda Neen fue lo primero que sacó. Le siguieron las Anteras negras, Juncos de oro… pero fue la mora que llamó su atención. La acercó a su rostro, oliendo lentamente. Lokus le habría quebrado esa enorme nariz. O a lo menos eso habría contado después, entre copas. El soldado lentamente dio un paso atrás. Inclinando la cabeza y frunciendo las cejas, me echó con un brazo en dirección del fuerte.
-Te estamos observando, Altmer.
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