Creo que ya no me persigue. No te des vuelta, estúpido, sigue corriendo. Respira, que ya estás a salvo. Pero bastaba solamente una piedra para hacerme volar y besar la tierra. Con el rostro al suelo quedé exhausto e inmóvil por un buen rato y mis piernas lo agradecían. Horas después, lejos del depósito, mis muslos todavía recuerdan mi escape, agradeciendo cada uno de mis pasos con un fuego insoportable. Y sin embargo, si me hubiese dormido al instante, probablemente no habría despertado. Esa enorme hacha que llevaba en la mano izquierda no parecía estorbarla en absoluto mientras escalaba los túneles, tratando de alcanzarme. Es cierto lo que dicen de los Redguard – sus cuerpos no conocen el cansancio. “¡Te equivocaste de bancada, infeliz!” eran las palabras que me habían salvado.
Cuando finalmente me encontré con la sombra de las torres de Peliagad, me tomé un tiempo para digerir lo que había pasado. Lo que podría haber pasado. Recién ahí, entre largos suspiros, me percaté de que no portaba arma alguna más allá de una vieja daga que encontré en la colonia Kwama. Cuando nuestros ojos se encontraron en la oscuridad de la cueva, me olvidé de mí mismo y actué por instinto. Pie derecho para atrás, media vuelta con el brazo izquierdo, así, la muñeca tranquila. Asegura tu equilibrio, suelta las rodillas. Pero mi mano derecha buscaba en vano detrás de mi espalda: Misericordia no estaba ahí.
Echado sobre la hierba y con tierra en mis ojos, no pude evitar estallar en carcajadas. La joven luna también parecía encontrarlo cómico; un elfo mudo y desgraciado tropezando por no encontrar su espada. Mis pulmones no comprendían el chiste y, de pronto, la risa se convirtió en tos. Con lágrimas en los ojos le di la bienvenida. Esta tos es buena. Sigues vivo.
Debo haber escupido siete veces antes de retomar la marcha al pueblo. Tierra y sangre. Sabores familiares. Sabor a la pandilla.
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